Probablemente nadie quería viajar a Moscú en los cuartos de final. No lo querían los grandes ni los pequeños, ni las revelaciones ni los cuadros consolidados. El equipo moscovita es el coco de la competición. Con Kirilenko, Krstic, Teodosic, Khryapa o Siskauskas es el gran favorito al título, un 'primus inter pares' junto a Barcelona, Panathinaikos o Maccabi Tel Aviv. Nadie lo quiere ver. Ni en pintura. Pero a los hombres de negro poco o nada les atemoriza. Cada temporada escalan un peldaño, suben el nivel y hollan nuevas cimas en su escalada hacia esa definición de 'equipo grande'.
Primero los 'playoffs', después la Copa del Rey, más tarde la Euroliga. Y ahora soñar con la Final Four. ¿Por qué no? Dejaron fuera a todo un Real Madrid y, lo que es más importante, la victoria en casa ante el CSKA con el 'match ball' en el aire no sólo insufla energías, porque no sólo fue una victoria. Derrotar al CSKA ya es todo un triunfo, hacerlo por 13 puntos cuando la máxima diferencia llegó a los 19 antes de los minutos de la basura...
Y eso que los comienzos no fueron buenos. Le costó arrancar al conjunto de Fotis Katsikaris. Quizás atenazado por la presión, tal vez marcado por los nervios propios de estas cotas. La cuestión es que sólo hay una vida en la Euroliga y el Gescrap Bilbao se aferró a ella con uñas y dientes. Lo hizo desde la defensa, desde la pelea por el rebote y, como no, desde los triples. El 42% final (9/21) ilustra por donde se rompió el choque después de 17 minutos de igualdad extrema con un CSKA algo por debajo de sus prestaciones habituales.
Todo comenzó con un triple de Raúl López. Prosiguió con otro Aaron Jackson. Y casi terminó con los cuatro de Kostas Vasileiadis. En esos tres minutos que restaban para el descanso, el Gescrap se fue de siete puntos (47-40) y remató la faena a la vuelta de los vestuarios, cuando vio que el monstruo no es tan peligroso fuera de sus dominios. Se lo creyeron los hombres de negro, contagiadas por una grada digna de envidia.
Se lo creyeron y se crecieron. Con una magnífica dirección de juego (López y Jackson), Mumbrú y Blums en labores de sacrificio, Vasileiadis en plan estelar y Banic y Fischer batiéndose el cobre en la pintura las diferencias no hicieron si no crecer de forma exponencial. No era el día de Teodosic, ni de Siskauskas, ni de Kirilenko (a pesar de sus 16 puntos). El conjunto moscovita, que sólo había cedido en la cancha del Galatasaray en lo que va de Euroliga, sucumbió pese a la resistencia de Krstic y Shev, incapaces de presentar batalla a un vendaval que, si de Miribilla depende, soplará con más fuerza el viernes.







