Así, es en La civilización del espectáculo donde reflexiona sobre los mecanismos que han conducido a la desaparición de la cultura, al menos en el sentido que tradicionalmente hemos dado a esta palabra, la de una especie de conciencia que impedía dar la espalda a la realidad. La masificación de la cultura y la absorción de las artes y saberes por la sociedad de consumo han supuesto la entronización de la postcultura o contracultura, que otorga un lugar de privilegio a las manifestaciones artísticas de usar y tirar, con consecuencias nefastas para la música, la literatura y, sobre todo, las artes plásticas.
A partir del análisis de una serie indispensable de ensayos ajenos sobre la definición de cultura, Mario Vargas Llosa se mueve entre la inmediata posguerra (Notes Towards the Definition of Culture de T. S. Eliot, 1948) hasta nuestros días. En el camino glosa con suma maestría y transparente destreza algunos de los hitos que sobre el particular han ido apareciendo a lo largo de los años, bien como respuesta al libro de Eliot (La Société du Spectacle de Guy Debord, 1968; Bluebeard's Castle. Some Notes Towards the Redefinition of Culture de G. Steiner, 1971), bien como análisis del nuevo statu quo que iba definiendo las normas que regían las sociedades contemporáneas (La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy o Cultura Mainstream de Frédéric Martel, 2010).
Seis son los bloques en los que vertebra el escritor la metamorfosis del concepto de cultura, aunque todos ellos muestran la evidencia de que se está ante un irrefrenable cambio de paradigma cultural. Lo efímero, lo light y lo frívolo se alían para conseguir narcotizar al ciudadano con la ilusión de verdad, de necesidad, de avance, aunque lo que finalmente se ofrezca no sea más que dispersión. Cada uno de los epígrafes contiene una sección final de Antecedentes en la que las dotes docentes del autor de Conversación en La Catedral quedan patentes y su autoridad contrastada. Allí da cuenta de las voces y textos que ilustran su propio parecer: dialoga con los autores, batalla por sus ideas, se rinde a la evidencia, busca la complicidad, se desespera, enfada o estimula.
Tras el análisis pormenorizado -y documentado- sobre los temas que fuerzan sus reflexiones, Vargas Llosa cierra los bloques con algunas piedras de toque publicadas en los últimos años que tan pronto se convierten en glosas a lo escrito, como se muestran fuentes de las que el bloque se ha nutrido. De ahí que alguno de los capítulos se vea a menudo como una amplificatio a ese antecedente periodístico.
La lectura del nuevo ensayo de Mario Vargas Llosa no es sólo un asunto que incumba al placer estético, es una obligación moral. Se sigue así el dictado que ha guiado la labor literaria del autor, como dejó dicho durante la aceptación del Premio de la Paz de los Editores y Libreros alemanes en 1996:
Una responsabilidad que no se agota en lo artístico y está indispensablemente ligada a una preocupación moral y una acción cívica. Con esta idea de la literatura nació mi vocación, ella ha animado hasta ahora todo lo que he escrito.







