Los medios, mayoritariamente progresistas, sobre todo españoles, en medio del charco de sangre, derivaban la cuestión, nublando la verdad. Hubieran deseado se tratara de un neonazi, como se dijo en un principio, al igual que en el 11-M con la guerra de Irak, para tratar de culpar a la derecha. Se les escupió a la cara ese argumento al comprobarse fue un integrista fanático del Islam. La policía francesa ha actuado con encomiable honradez y meticulosa diligencia profesional.
La prensa terrorista, mientras desvelaba las reyertas en el núcleo principal de los hombres duros de Sarkozy, creaba una bruma en torno a los vínculos terroristas de Merah. Esa prensa sabe muy bien cómo fue detenido en Kandahar cuando fue a recibir entrenamiento con la milicia de Tahrik e Taliban, de Al Qaeda, a la que juró fidelidad y manifestarla en ataques a Francia, que los justificaría sobre la base de ataques sobre palestinos o por la intervención occidental en Afganistán.
El horror asociado a un rojo sanguinolento dominante. Una sinfonía pavorosa, musicada por una ametralladora. Un espectacular diseño de crimen entresacado de un videojuego. Una matanza con pistolas Colt del calibre 45. Un asesino que, tras matar a varias personas, murió con las armas entre las manos, atrincherado en su barricada comanche del baño, tras intentar matar a policías cautelosos que se protegieron en un balcón. Aunque algunos ponen en duda la versión oficial.
Tras 32 horas de encierro en su propio domicilio, situado en una zona de Toulouse, evacuada y a la que le cortaron la luz y el gas, protagonizó una respuesta en paralelo al asalto policial. Disparaba como un poseso hacia todos los lados por donde asomaba una sombra de un posible agente, llenando de disparos sus chalecos antibalas, intentando matarles; fue abatido.
De algun modo, ha habido medios que han justificado sutilmente al terrorista, centrándose no el criminal sino en el argumento de que la clase política no ha hecho sino sumar campaña electoral, no encontrando motivos para interrumpirla y activando incluso instintos epidémicos de utilización política.
O sea, como en los días posteriores al 11-M. Jornadas a las que nunca desean retornar los que, no sólo no interrumpieron la campaña electoral, sino que cargaron, con el impacto social de la violencia y las falsedades, un estado de miedo hacia el gobernante causante, decían, de la masacre islamista. Política para cambiar de gobierno con la que, hoy, los que reparan en la cabalgata electoral francesa, fueron permisivos y hasta apoyaron a Rubalcaba.
Despistar de la cuestión, eso es lo que las dudas prefabricadas y reflexiones interesadas pretenden diseccionar sobre el fin de un impío asesino y de este despiadado criminal.
De aquí el fallido argumento gacetillero que suponía que la clase política había dado un tratamiento diferente a la muerte de los soldados caídos respecto a la muerte de los demás, el profesor y los alumnos. Algo que resulta evidente en cualquier mortuorio de este tipo. Así como el equiparar duelos entre la policía y el terrorista Merah, dudando del comportamiento policial. Se ha comportado como una prensa cobarde que intenta negar la expansión del islamismo en sus casas.
Poco nos importa ni nos consuela o nos alecciona si se pretende llegar al Elíseo o conservarlo. Sí, que se pongan en cuarentena las informaciones, las circunstancias del horror en sí mismo producido por esta alimaña, y que se obvien ex profeso aspectos que, creo, debemos sacar de este terrorismo islámico.
La prensa que taimadamente apoya al Islam, da vueltas y revueltas a la campaña electoral y al comportamiento de los políticos que han salido en televisión para desenroscar lo que subyace en la violencia; para razonar sobre la muerte inesperada en un patio. No se dice nada de la nueva y descorazonadora realidad del crimen organizado por parte de jóvenes europeos, árabes nativos franceses, y a la que se debe responder desde otra eficacia.
El tema es otro. La guerra santa contra los infieles no está ensangrentada por gentes allegadas de desiertos lejanos; por el contrario, son los ejecutores, nativos franceses de ascendencia argelina en este caso, como ocurrió en Londres.
Se abrazan, desde su propia nacionalidad autóctona del País que acogió a sus padres o abuelos, al islamismo brutal; se entrenan en campos de Afganistán o Pakistán, se relacionan y actúan coordinadamente con terroristas de los lugares en los que viven y actúan contra la población civil inocente de los mismos.
Hace unos años, desgraciadamente, el Festival donostiarra obvió un film que trataba sobre esta nueva dialéctica del terrorismo. Era el conmovedor “London River”, de Rachid Bouchareb. En el cual “asomaba” la joven generación de asesinos yihadistas nacidos y criados en Europa, salafistas reclutados por Al Qaeda; que trabajan unipersonalmente; desde células de escasa cobertura local; en el anonimato solitario; nativos y discretos y muy eficaces, con alguien por detrás.
A la hora en la que se proyectaba este film en el Victoria Eugenia, los sectarios dirigentes del Festival, ataviados grotescamente con bufandas verdes, se manifestaban en la puerta del Kursaal contra la bomba nuclear, la guerra en general, la política del iraní Ahmadineyad, por la paz y la democracia en Irán, aplaudidos por un público también uniformado con bufandas verdes que iba a contemplar: “Green Days”, una película demagógica de los omnipresentes Makhmalbaf sobre la huella de los acontecimientos políticos en Irán, en una joven. Pero no se enfrentaban al terrorismo incubado en campos preparatorios para el exterminio y casados en las mezquitas y madrassas de occidente. Pura farsa.
La respuesta de Sarkozy ha sido fulminante. Sólo le ha importado el pueblo francés que no admite contemplaciones con esta gentuza. Lección a aprender en una España donde los criminales son escuchados, comprendidos, agasajados y con tanto respeto tratados por si se enfadan y volvieran a las andadas. No hubo ni concesión posible u “hoja de ruta”. Fue muy profesional. Se rastreó digitalmente al asesino hasta su guarida. Aunque, posteriormente, la prensa amiga del Corán haya ensayado desvirtuar este final escribiendo sobre un “suicidio agresivo” o de “fracaso de los hombres de negro” que usaron de muchas granadas para, al fin, matar al perseguido furioso que murió matando. Justificando al criminal, siempre.
Nada tiene que ver esto con el racismo sobre la comunidad musulmana, concurrida en Francia. Era exterminar a la rata y conocer la verdad. Que no es sólo la única rata y la verdad ha quedado algo coja. Detrás, había un ejército cubriéndole.
Era una rata que sólo amaba su “yihad” y los campos donde le enseñaron a exterminar a muchos franceses. Le aleccionaron a atacar a algo bulboso y decadente llamado Europa, un continente atrofiado que aunque le había visto nacer, sucumbiría como una población fácil ante el poder del Islam.
Esta alimaña “bibliotecaria” ha actuado sola en apariencia, pero su eficacia estaba, más en los que no asomaban en el encuadre, que en sí misma.
José Ignacio Salazar Carlos de Vergara







